Ya había hablado en este espacio sobre uno de los problemas más graves de nuestra sociedad: la falta de credibilidad ante el espejo.
Mucha gente decide simplemente no hacer caso de la verdad, evidente e incuestionable que refleja el espejo. Las damitas que niegan la realidad van por ahí pensando que el delineador verde en los ojos se ve bien, y los caballeros en el mismo caso piensan que un pantalón demasiado ceñido los hace ver más gallardos y donosos. Incluso, tengo que reconocer que en ocasiones no me da tiempo, o deliberadamente decido no consultar al espejo en las mañanas y salgo así nomás “a la buena de Dios”.
Sin embargo, si no tomas al espejo por consejero, existe un segundo indicador infalible para corroborar si lograste una buena pinta o si debieras usar una bolsa de papel en la cabeza para que nadie te reconozca: los transeúntes. Si desde que sales de tu casa captas la mirada de los conductores, de los peatones, los silbidos de los albañiles, o la palabra amable del taxista, quiere decir que lo hiciste bien.
Por ejemplo, sé que los lindos zapatos de los que les hable recientemente se me ven geniales (junto con el todo lo demás) por que el taxista que me llevo a la escuela me atendió de la siguiente forma:
-Señorita, ¿se dio cuenta como estaba usted escoltada por nacos?
-Yo: ¿Cómo?
- Si, usted tan guapa y rodeada de puros nacos y albañiles
- Mmmm
- Como Blanca Nieves, pero en vez de enanos, albañiles. Debería hacer una película: Blanca Nieves y los Siete Albañiles
- No siga, aquí me bajo….