26 febrero, 2006

¡Los rudos, los rudos, los rudos!

Por bizarro que parezca, el jueves asistí a mi primera función de Lucha Libre. Siempre había sido uno de mis sueños vivir la emoción provocada por dos farsantes fingiendo una lucha a muerte, sentir la adrenalina correr por mis venas al ver a dos panzones disfrazados golpeándose como nenas, contagiarme de la euforia colectiva emanada de las jugarretas perpetradas por los rudos. Pese a lo malo del evento- la gente no gritaba las guarradas que generalmente se escuchan en la Arena México o en la monumental Arena Coliseo, nadie aventó cosas al ring, no salieron un par de sabrosas acompañando a los “luchadores”, y no estaba el Dr. Morales o el Rudo, rudísimo Rivera para relatar el evento- tuvo particular relevancia para mi, al encontrare fuera de mi patria. Al verme rodeada de paisanos, me sentí un poco como en casa y llegue a dos conclusiones: que feos son los mexicanos (cosa que ya sabia), pero que divertidos (primo hermano de folklóricos). Sobra decir, que soy ruda, y que ganamos alevosamente, dándole una tunda de aquellas a los técnicos.

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