24 marzo, 2006

African Safari

Como quien se va a Cuernavaca un fin de semana, yo me fui así nada más de ida y vuela a África. Si bien es cierto que no me adentré profundamente en el África Negra o en la región subsahariana, Marruecos también es parte de África. La excursión a Marrakesh comenzó el jueves por la tarde, e inmediatamente después de poner un pie en el suelo marroquí me sentí como en casa; fue una experiencia muy significativa regresar al tercer mundo, para situarme nuevamente en la realidad, y no en el paraíso europeo en el que vivo.

Aunque para ser África no todo esta tan mal, son evidentes las carencias de la gente, el nivel de subdesarrollo (aunque subdesarrollados, subdesarrollados, pero hablan francés), y la falta de infraestructura y servicios básicos. Pese a estas penurias, el pueblo berebere parece ser un pueblo muy feliz, siempre sonríen (aunque a la mayoría le falten uno o todos los dientes), siempre están dispuestos a abrirte las puertas de sus hogares (y una vez adentro venderte algo o estafarte de alguna manera), muy acogedor (no parecen tener ningún problema por aceptar a las chicas en sus comunidades y más aún están dispuestos a ofrecer camellos a cambio).

Llamémoslo síndrome del Jamaicón, cantemos “que lejos estoy del suelo donde he nacido, inmensa nostalgia invade mi sentimiento”, o como sea, pero no pude dejar de notar algunas semejanzas entre cualquier pueblecillo de México y Marruecos: la primera cosa que probé en un puesto del mercado ambulante instalado en la plaza central de la ciudad fue barbacoa (o algo muy parecido), la actitud regateadora de los comerciantes es algo que solo he visto en México, casi siempre en presencia de mi padre. Otro detalle evocador de mi tierra natal que nuestro guía berebere que nos condujo a un pueblo en medio de la nada, a unas 4 horas de la ciudad me pregunto de donde era, a lo cual orgullosamente respondí de México, ante los cual el guía, visiblemente emocionado, me puso un cassette de Maná, a todo volumen. Lo peor de todo, es que al estar en medio del semidesierto, no tenia ningún lugar para correr y refugiarme de los alaridos del vocalista entonando “te lloré todo un río, ahora loarme un mar” (Si por lo menos hubiera tenido el éxito “ciérrale al agua que se va a acabar”, otro gallo nos cantaba). La última ocasión en que por un momento pensé que estaba en Patsimaro y no en África fue el domingo en la “ceremonia del cortejo”: en un enorme parque lleno de palmeras las niñas caminaban alrededor de una gran fuente, bajo la mirada inquisidora de los jóvenes en edad casadera y tras algunas vueltas alrededor de la fuente vi surgir varias parejitas.

De menera global, tomando en cuenta factores como la belleza del paisaje, la comida la gente y las ocmpras, y excluyendo pequeños detalles como la prohibición del alcohol, las mujeres tapadas hasta los ojos y las demás costumbres alejadas a la tradición judeo cristiana, Marruecos es algo debe de verse.

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