18 diciembre, 2006

De como perdí y recuperé la fe en la humanidad

Hace 3 semanas fui victima de un ultraje de lo más común en Barcelona, pero del cual yo me creía inmune, puesto que después de más de un año nunca me habían robado tanto y tan alevosamente. Es cierto que me habían robado la bicicleta y dos veces el asiento (en dos días consecutivos), pero esta vez se propasaron. Estaba con mi hermana tomando una cerveza en un bar, y como cualquier día puse mis cosas junto a mi para mantenerlas controladas. Pero cuando nos disponíamos a salir del bar tomé mi abrigo que estaba supuestamente sobre mi bolsa, pero la bolsa no estaba más. Los amables dependientes del bar me dieron 5 euros para llamar por teléfono y tratar de consolarme, mi hermana fue un gran apoyo moral, pero las perdidas fueron grandes: mi bolsa preferida, 4 tarjetas de crédito, teléfono, Palm, reproductor de MP3, el libro que estaba leyendo en ese entonces, mi tarjeta de residente, mi credencial de estudiante, y por si fuera poco ese día llevaba además documentos como mi cédula profesional, una carta de recomendación firmada por el rector dela Universidad de Barcelona y otras cosas que para mi resultaban de gran valor.
Aquel día perdí la fe en Barcelona, ciudad que desde hace un tiempo consideraba como mí hogar, perdí la fe en los bancos, en los cuales no sólo tenía depositado mi dinero, sino mi confianza, y gané en cambio la certeza de que estaba llegando el momento de irme de esta ciudad ante la inmensa tristeza de la que fui presa, así como una tremenda paranoia y un sentimiento constante de inseguridad.
Lo único que me quedaba por hacer era dar de baja todas mis tarjetas de crédito y poner una denuncia ante la policía, y juro que no fui a la comisaría con el propósito de ver a los estúpidos y sensuales Mossos d’Esquadra, sino con la esperanza que de que algo pudieran hacer.
Han pasado más de 15 días todavía no se ha resuelto la situación de mis tarjetas de crédito, motivo por el cual me encuentro viviendo de el dinero que me dejo mi hermana antes de volver a México, de la bondad de los extraños, de los eventos escolares que incluyen “pica-pica”, de las cenas en casa de amigos, de salir con amigos mexicanos que aun conservan la bonita tradición de pagar la cuenta, y lo más impresionante es que he logrado sobrevivir 2 semanas con 10 euros que encontré milagrosamente tirados junto a mi bicicleta y las monedas que tenía acumuladas en casa.
Pero un buen día, llego una notificación del correo informando que el Ajuntament de Barcelona enviaba un paquete certificado para mí. Hoy pasé a recoger el paquete y encontré de manera sorprendente mis tarjetas de crédito, mi credencial de la escuela y mi cédula profesional. No se recuperó nada más, pero esto ha sido suficiente para recuperar mi fe en Barcelona y en la eficiencia de las instituciones españolas de seguridad.

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