23 agosto, 2007

yo, no sé, por qué me siento hoy tan diferente, por qué mi cuerpo cambia de repente, por qué no quiero nada con la gente...

Esta mañana, procrastinado en el Internet y deglutando un desayudo equilibrado que consistió en ositos de gomita Haribo que encontré en mi maleta del gimnasio (hay, por supuesto una manera correcta de desayunar gummiberchen, primero te comes todos los rojos,) me topé con un artículo, The Quinceañera Craze, en la revista Slate que reseña un libro sobre el furor que está causando la tradición de la fiesta de Quince Años entre la comunidad latina inmigrante en Estados Unidos. Sí, esa oración tuvo más renglones que sentido, pero esta no es la clase de redacción del profesor Cejudo, así es que vamos a mirar hacia el otro lado.

Si bien yo nunca padecí la afición por los vestidos de fibras sintéticas, los chongos y cairelazos paralizados por Aqua Net y los bailables públicos al son de power ballads, seguidos de una coreografía estilo belly (un, por cierto, usualmente esponjosito belly) dancing al son de Ojos Así de Shakira, vinieron a mi mente numerosos recuerdos de buenas amigas a las que este simbólico festejo las llenó de ilusión y sombra azul en los ojos. Viene a mi mente la fiesta de cumpleaños de mi buena amiga A., por cierto también creadora de grandes frases como: pues vamos a dar una vuelta, ya sabes, a tirar rostro. A. es, sobre todo, una chica industriosa, que diseñó una fiesta temática que recreaba, en todo momento, una entrega de premios Eres.

Recordé también, una anécdota familiar. Corría la década de los setenta me parece cuando mi, entonces, joven tía, the bitter one, la menor de los 7 hermanos, era presentada con gran pompa en la sociedad Orizabeña. Ya entrada la noche y avanzado el festejo, no faltó el tío que, entrado en copas, tomó el micrófono y anunció a los asistentes que procedería a declamar un poema para su, entonces, agraciada, sobrinita. La familia contuvo el aliento y mi abuelita se dispuso a contener las lágrimas.

Y dicho y hecho el tío dio inicio a su declamación:

Mujer...

Que tuviste una ilusión

tu sueño se cumplió...

Quince años tienes hoy,

tu blanca ensoñación

te embarga de pasión.


(...)


Noche azul...

Las estrellas son perlas en el mar

y al danzar... quince años bailando al compás

Juventud...


Ahí, ahí merito, fue donde la puerca torció el rabo, porque el tío, que se encontraba a medias tintas, a medio pelo, había olvidado el siguiente verso y, tras un largo titubeo y grandes esfuerzos por recordar, decidió finalizar su declamación con una licencia poética:

Juventud... Juventud...
...

Juventud... HIJA DE LA CHINGADA!!!



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